Por Claudio
Jacquelin - La única duda que atravesó al tribunal oral que condenó a Cristina
Kirchner, y que se verificó en el fallo dividido, fue si se había constituido
una asociación para beneficiarse con actos de corrupción al amparo del
ejercicio del poder. Los fundamentos de la condena, conocida ayer, no dudan, en
cambio, de la comisión de delitos y del beneficio económico que esas acciones
ilegales reportaron a la entonces presidenta.
Frente a esa
resolución sin precedente, que condena a una vicepresidenta en ejercicio,
surgen dos reacciones de parte del oficialismo. Ambas, aunque repetidas desde
que se anunció el fallo, el 6 de diciembre pasado, cobran una relevancia aún
más significativa que entonces.
Abren, además,
probables nuevas inestabilidades políticas, que golpean de lleno al proceso
electoral por comenzar.
En primer lugar
aparece la descalificación desde los más altos cargos políticos y, en
particular, del propio titular del Poder Ejecutivo (a través de su portavoz) al
tribunal que condenó a la vicepresidenta acusándolo de haber realizado un
juicio fraudulento motivado por cuestiones políticas. Si desde hace dos meses
la guerra contra el Poder Judicial solo escaló e instaló un conflicto de
poderes crónico, solo cabe esperar un agravamiento de esos embates.
En segundo lugar,
como consecuencia de esa interpretación descalificadora, se abre paso a un
conflicto político con graves efectos electorales posibles.
Lo dijo con más
claridad que nadie Eduardo “Wado” de Pedro, que, además de dirigente de La
Cámpora, es ministro del Interior del Gobierno, aunque no parezca: “El Código
Penal reemplazó al Código Electoral”, fue su sentencia. Proscripción y mucho
más.
Esa declaración, en
línea con otras, abre el interrogante político crucial y hace temer por un
probable riesgo institucional mayúsculo. Como para preguntarse si el oficialismo
no acaba de meterse en un peligroso callejón sin salida.
Según el
razonamiento oficial, la inhabilitación a Cristina Kirchner, por un fallo al
que se considera sin fundamento jurídico y viciado de política implica su
proscripción. Eso la obliga a tomar la decisión de autoexcluirse como candidata
por considerar que no están dadas las condiciones para competir. Por lo tanto,
de no modificarse esta situación, y sin perspectivas ciertas de que ello
ocurra, ¿el oficialismo desconocerá el proceso electoral en marcha y, en
consecuencia, considerará ilegal e ilegítimo al gobierno que surja de esas
elecciones?
La pregunta no es
un ejercicio retórico, sino la deriva lógica que surge del silogismo
cristinista, construido bajo la premisa de la proscripción. A pesar de que la
inhabilitación no tiene efecto hasta que el fallo quede firme y de ninguna
manera implique tal impedimento que da sentido a la contraofensiva política.
La adhesión de la
mayoría del oficialismo a esa premisa y la asimilación a la proscripción del
peronispoder mo dispuesta otro 9 de marzo (de 1956) permiten avizorar otros
inquietantes escenarios de sostenerse el abroquelamiento oficialista. Solo
obligan a relativizarlo el silencio y la distancia de Sergio Massa, que siempre
busca ubicarse como un ministro supragobierno, garante de la precaria
estabilidad y aspirante silente a la sucesión albertista.
¿Proscripción y
abstención?
Los antecedentes de
los tiempos judiciales no permiten avizorar que la condena sea revisada y
resuelta antes de que el calendario electoral se ponga formalmente en marcha.
Menos aún a favor de la condenada, pero tampoco que llegue a tener la condición
de sentencia firme, que sí impediría a Cristina Kirchner ser candidata. Muy en
contra de los fantasmas que agitan ella y sus seguidores para justificar su
renunciamiento o autoproscripción.
La hipótesis
expresada por el hijo Máximo de que si su madre anunciara su decisión de
postularse se acelerarían los tiempos judiciales no es más que una conjetura
sin anclaje en la historia reciente.
El argumento de la
proscripción y la analogía cincuentista que enarbola el cristinismo, más las
previas declaraciones de Alberto Fernández y de los principales dirigentes
cristinistas contrarias a un indulto en su beneficio, obligan a preguntarse si
el peronismo oficial se presentará a estas elecciones, a su juicio, viciadas de
nulidad. ¿O no presentará candidatos y llamará a la abstención, como en 1966?
Habrá que estar muy
atentos a lo que pase y se diga en las próximas 48 horas. Los subtítulos de
tinte económico de la conferencia con la que mañana se presentará la condenada
(en primera instancia) Cristina Kirchner, en la Universidad de Río Negro, no
disimulan sino que realzan el título de absoluto tenor político y actualidad de
la presentación. “¿Hegemonía o consenso? El fin del pacto democrático”, se
caratula la promocionada disertación.
“El fin del pacto
democrático”, definición con la que la vicepresidenta caracterizó la tentativa
de magnicidio en su contra del 1º de septiembre pasado, cobra ahora nuevo
sentido. Al intento fallido de eliminación física se añade la supuesta
tentativa de eliminación política.
Aunque suene
trágico, de esa afirmación solo puede concluirse que al cumplirse 40 años de la
recuperación de la democracia el cristinismo decreta su fracaso o, peor aún, su
vaciamiento y su supervivencia solo formal. Aunque sea gobierno. El riesgo de
la profecía autocumplida se eleva y se redirecciona la responsabilidad de su
eventual concreción. Jugando con fuego en el callejón sin salida.
No importa a los
efectos de la construcción de esa narrativa que los hechos concretos se empeñen
en contradecirla. En su relato, lo que acaba de concretarse es, finalmente, lo
que el día antes de dejar la presidencia en 2015 ella misma denunció haber
sufrido: “[…] persecuciones y hostigamientos permanentes, […] de lo que yo
denomino el partido judicial, […] palos en la rueda, […] golpes e intentos de
golpes destituyentes, ataques, persecuciones, difamaciones y calumnias”.
Entonces, ella
sostenía que si había podido llegar hasta el fin de su mandato, a pesar de todo
eso, se debía a “tantas cosas que hemos hecho por los argentinos” y que esa era
la razón por la que una multitud se había reunido para despedirla.
La derrota
electoral solo podía así ser el producto de la acción y la prédica de “todos
los medios de comunicación hegemónicos y las principales corporaciones
económicas y financieras nacionales e internacionales”. Ahora el círculo se
cierra con su (auto) proscripción.
¿A esa multitud que
la despidió busca convocar ahora en su defensa, como último recurso? ¿De su de
convocatoria dependerá toda su suerte? Si así fuera, el riesgo de asistir a un
proceso de tensión social en el espacio público sería demasiado elevado. Aún
cuando atraviesa el cuarto menguante de su poder, Cristina Kirchner todavía
sigue siendo la figura que individualmente más adhesiones populares concita y
la única que ha construido un sólido vínculo emocional con sus seguidores. Nada
para descartar.
Cabe esperar, sin
embargo, derivaciones no tan dramáticas en lo inmediato, más allá de los actos
preparatorios en marcha, como el encendido discurso que dará hoy la
vicepresidenta o la convocatoria anti-proscripción, convocada para mañana en
Avellaneda, bajo el lema setentista (de consecuencias funestas) “Luche y
vuelve”.
Ciertas
afirmaciones de algunos de los dirigentes más importantes del cristinismo,
expresadas al amparo del off the record (que tanto molesta a su jefa), permiten
advertir vías menos drásticas en curso y aún mucho más probables de ocurrir.
Por ahora, no es a todo o nada.
Presión sobre el
Presidente
El primer paso de
ese proceso, destinado a evitar recursos extremos de consecuencias
imprevisibles, consiste en lograr en el cortísimo plazo la renuncia del
Presidente a intentar la reelección. El objetivo es que despeje rápido el
camino y le devuelva todo el poder y la centralidad a Cristina Kirchner para
ordenar la estrategia electoral sin interferencias ni dilaciones. La presión es
hacia adentro. Los embates públicos y privados de los principales dirigentes
camporistas sobre Fernández, conocidos hasta ahora, solo serían prolegómenos.
“Que Alberto siga
hablando de ir a una reelección con Cristina condenada y proscripta por una
causa sin pruebas ni fundamento jurídico, armada para matarla políticamente, es
inaceptable. No puede seguir haciéndolo ni un minuto más. El peronismo no lo va
a perdonar”, advertía un alto referente del kirchnerismo más duro. Quien quiera
oír que oiga. Las batallas épicas pueden tener motivaciones y resoluciones
terrenales.
A los espíritus
cristinistas, las largas horas de silencio presidencial, tras la difusión de
los fundamentos del fallo, les sonaron a eternidad y agravio. No fueron
compensadas por los dichos de la portavoz Gabriela Cerruti ni por el
sobreactuado mensaje en las redes del último fiel albertista del gabinete.
“Con los
fundamentos de la condena comienza el camino formal hacia la proscripción de la
compañera @CFKArgentina. Buscan disciplinar al peronismo y condicionar el
proceso electoral”, posteó en Twitter el canciller Santiago Cafiero. Más en
línea con la línea oficial del cristinismo no se consigue.
A la
descalificación del fallo y del Poder Judicial, en general, le sigue la
deslegitimación del proceso electoral también por parte de los alfiles de los
representantes más puros del Poder Ejecutivo. Un camino peligroso que puede ser
un callejón sin salida.•
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