Por Pablo Sirvén - No
bien Fidel Castro conquistó el poder en Cuba, en 1959, obligó a la agónica TV
privada de entonces a emitir algunos de los fusilamientos de jerarcas del
régimen depuesto de Fulgencio Batista. Era un modo tosco y salvaje de dejar en
claro quién era el nuevo mandamás de la isla y, de paso, meter miedo en la
población para que nadie osara hacerse el loco.
La metralla verbal
contra la Corte Suprema en el flamígero discurso de Alberto Fernández ante la
Asamblea Legislativa, buscó ser un fusilamiento mediático, agravado por estar
presentes en el recinto sus dos representantes máximos.
Resulta poco
recomendable que un presidente se ponga a criticar a otro de los poderes del
Estado. Confunde a la población, y se confunde a sí mismo, porque sus diatribas
podrían interpretarse como que le asiste superioridad para zamarrear a quienes
tienen el mismo rango institucional que él. Ni más ni menos. Nos lo enseñan en
el secundario: conducen el Estado argentino tres poderes (Ejecutivo,
Legislativo y Judicial) en igualdad de condiciones. Al Parlamento le asiste la
posibilidad de hacerles un juicio político, de existir causales. Actualmente
ese proceso se ha iniciado en la comisión respectiva de la Cámara de Diputados,
fogoneado por la política.
Con su accionar,
Fernández ratificó que existe un frente compacto entre ultras y supuestos
moderados oficialistas para demonizar y exponer a la Justicia como enemiga N°1.
Lo insólito e inédito es que pronunciara su estigmatización a pocos centímetros
del titular y del vicepresidente del máximo tribunal. Apeló, incluso, a su
gestualidad para que se entendiera que no estaba hablando genéricamente de la
Justicia, ya que mientras los sermoneaba, en más de una ocasión volteó su
cabeza a la derecha para mirarlos.
Horacio Rosatti y
Carlos Rosenkrantz jugaron a las estatuas. Si tenemos más de 30 músculos en la
cara, ellos procuraron no mover ninguno. Deben haber estudiado antes frente al
espejo para lograr una misma expresión neutra que no transparentara sus estados
de ánimo durante la larga alocución presidencial. Pocas veces, siquiera,
torcieron el cuello: prefirieron mirar para adelante sin fijar la vista en
ningún punto preciso. Así, se mantuvieron impertérritos hasta el final.
Tal vez por eso,
como nunca, la transmisión oficial buscó escrutarlos con atrevidos primerísimos
planos mientras se sucedían los ataques de Fernández. Oro en polvo para los
programas militantes que usarán de ahora en más esa preciosa conjunción de
imágenes y sonidos, ya que ahora es más improbable que nunca que los miembros
del tribunal concurran a la convocatoria inquisitorial armada en el Congreso.
Cristina Kirchner
también jugó a las estatuas, pero solo en función de lo que decía su invención
política, el Presidente. Ni en los momentos en que el mandatario se deshacía en
esfuerzos supremos para complacerla con su prosa, ella hizo el más mínimo gesto
de aprobación, que sí prodigaba en cantidad a personas que reconocía a la
distancia con mohines y saluditos.
Otra “novedad” del
kilométrico mensaje del Presidente es que, para matizarlo, presentó a distintos
personajes ubicados estratégicamente en algunos de los balcones que dan al
recinto para ilustrar diversas políticas implementadas que habrían beneficiado
a distintos sectores de la población.
En realidad se
trata de una vieja práctica importada de los Estados Unidos. En 1982, Ronald
Reagan la usó por primera vez en su discurso sobre el Estado de la Unión. Algo
que se hizo costumbre en sus sucesores. El actual presidente norteamericano Joe
Biden, hace tres semanas, ubicó en el balcón de la Cámara de Representantes a
invitados especiales como Bono (el líder de U2), la embajadora de Ucrania en
Washington y una trabajadora metalúrgica.
Distintos
dirigentes del macrismo también suelen apelar al recurso de intercalar en sus
discursos historias de gente común y Cristina Kirchner, en su campaña para
senadora, en 2017, se hizo acompañar en algunos de sus actos por personas
desconocidas, pero que tenían algo para contar. Todo vale.●
La transmisión
oficial buscó escrutar a los jueces de la Corte con atrevidos primerísimos
planos mientras se sucedían los ataques
Rosatti y
Rosenkrantz jugaron a las estatuas. Si tenemos más de 30 músculos en la cara,
ellos procuraron no mover ninguno
Existe un frente
compacto entre ultras y supuestos moderados en el oficialismo |