Por Fernando
Gutiérrez - Era el dato más esperado por el Gobierno, pero apenas si dio para
un festejo fugaz: el crecimiento de 5,2% que acaba de
confirmar el Indec para el PBI de 2022 terminó opacado por el cúmulo de malas noticias.
Para empezar, que
los analistas económicos se encargaron de empañar el festejo al poner de
manifiesto que al menos tres puntos de ese 5,2% obedecen al "efecto
arrastre" del año anterior. Y, peor aun, que ya es indisimulable el
freno en la actividad, como lo demuestra el hecho de que los últimos cuatro
meses registraron caídas respecto del mes anterior, mientras que ya en
diciembre hay incluso una caída en la comparación interanual.
En contraste con el optimista pronóstico de Sergio
Massa -que espera un tercer año consecutivo de suba del PBI, con un
crecimiento en torno al 3,5%- los economistas siguen recalculando a la baja sus proyecciones. En la encuesta REM del Banco
Central, la cifra esperada es un magro 0,5% y ya hay quienes directamente
esperan una recesión. Por caso, la consultora LCG proyectó una caída de dos
puntos.
El hecho en el que
se funda ese escepticismo es, sobre todo, el problema irresuelto de la escasez
de dólares. En enero y febrero apenas entraron u$s1.300 millones por aporte de
la exportación agrícola, lo que implica una brusca caída de 46% en comparación
con el arranque del verano pasado.
Las reservas
netas del Banco Central, en el entorno de u$4.000 millones, está muy lejos
de la meta comprometida con el Fondo Monetario Internacional, que implica
que a fines de marzo se deban acumular u$s7.800 millones.
En realidad, la
preocupación del Gobierno no se basa tanto en una eventual reacción enojada del
FMI: ya se da por descontado que se encontrará alguna fórmula -sea un
"waiver" o una cláusula de excepción-, de manera tal que los
desembolsos previstos en el "stand by" no se cortarán. De eso habló
el viceministro Gabriel Rubinstein en su viaje a Washington para
revisar los números con el staff técnico del Fondo y hay una percepción
generalizada de que el organismo no adoptará medidas que puedan empujar al país
a una crisis en plena campaña electoral.
En cambio, el motivo central de preocupación es que la crisis
climática en el campo obligará a rehacer todos los cálculos de Massa y su
equipo. Y los números que surgen de la nueva cuenta son
como para esperar una turbulencia financiera.
Podía empeorar, y empeoró
Cuando ya parecía
que se había escuchado todas las malas noticias, en las últimas horas se
conoció un nuevo informe de la Bolsa de Cereales de Buenos
Aires que pinta un panorama desolador. A los problemas de la
sequía, se le sumó el efecto de heladas tempranas.
Así, la campaña de soja, que en el anterior informe había
sido estimada en 38 millones de toneladas -ya de por sí una pésima cifra,
porque implicaba una caída de 12% respecto del año pasado- ahora volvió a
calcularse en apenas 33,5 millones. Lo mismo ocurre con el maíz: ya en la proyección anterior de 44,5 millones de toneladas se había
calculado una caída de 15% respecto de la campaña anterior, y ahora esa cifra
vuelve a empeorar con un probable volumen de sólo 41 millones de toneladas.
Lo peor: con reservas hídricas agotadas en varias
regiones agrícolas y
sin perspectiva de lluvias significativas, nada indica que las proyecciones no
puedan seguir corrigiéndose a la baja. Hay que remontarse a la campaña 2017/18
para ver resultados tan magros como los que podría dejar este año.
De hecho, hay
consultores que hablan de "la peor cosecha de los últimos 14 años", y
no descarta que el volumen cosechado de soja pueda finalmente caer al
nivel de 32 millones de toneladas.
Advierten que la
molienda de soja para la industria alimenticia podría tener una capacidad
ociosa superior al 60%. Es este dato lo que lleva a los expertos a prever la
situación de que el país deba importar soja desde los países vecinos, por un
volumen de al menos seis millones de toneladas.
Un recorte de u$s10.000 millones
Traducido a
dólares, esto hace que los recortes iniciales que calculaban los analistas del
agro parezcan pequeños: hoy ya no se habla de caídas de u$s7.000 millones sino
que hay quienes proyectan que la merma podría ser mucho mayor. Un trabajo de la Fundación
Mediterránea plantea un escenario de caída de la producción del orden del
22%, lo que llevaría a que la exportación total de productos agropecuarios y
derivados termine este año en u$s36.100 millones, una caída de
u$s10.100 millones en comparación con el año pasado.
Son números que
chocan con las expectativas que el ministro Massa
había difundido al inicio del verano, cuando en discrepancia con la alarma que llegaba desde el campo, había
calculado que la pérdida se limitaría apenas de u$s2.900 millones, y que parte
de esa merma sería compensada por subas de precios en el mercado global.
Sin embargo,
también en ese plano el mercado difiere con el ministro de Economía:
la visión es que, a diferencia de lo que generalmente ocurre, este año no habrá
una caída generalizada de la producción agrícola en toda la región. Más bien al
contrario, se espera que haya una zafra récord en Brasil, que -salvo por
la zona sur fronteriza con Argentina- no sufre el "efecto Niña" y ha
recibido lluvias óptimas.
En el país vecino,
el volumen de soja -se proyectan 153 millones de toneladas- no sólo compensará
la caída del aporte argentino sino que lo superará con creces. Como, además,
los stocks se mantienen altos también en Estados Unidos, la
conclusión es que no habrá una situación de escasez que pueda empujar una suba
significativa de precios en el mercado global.
Massa, recalculando
Lo cierto es que, a
esta altura, Massa y su equipo ya están convencidos de que aquella proyección
optimista de hace algunas semanas ya no tiene sustento. Y de hecho esa es
la argumentación que el viceministro Rubinstein llevó a Washington, para explicarle al FMI por qué el
país necesita un trato más laxo que el previsto en la carta de intención.
Al mismo tiempo, en
India, donde asistió para la cumbre de ministros de finanzas del G20,
también Massa habló del impacto climático sobre la escasez de dólares. Lo hizo
con Kristalina Georgieva, directora del FMI, a quien le insistió con
reclamos que ya forman parte permanente de los discursos de Massa en los
foros internacionales: la necesidad de bajar los "sobrecargos"
que cobra el Fondo en los programas de refinanciación y la urgencia por
compensar a las economías emergentes por el
perjuicio que sufrieron a consecuencia de la guerra de Ucrania.
"Argentina
cumplió su programa, pero el Fondo Monetario no está cumpliendo con Argentina
el revisar cómo van a compensar a los países que pagaron el costo de la guerra
con su economía. Es un problema a resolver", había dicho Massa en
noviembre, durante la anterior cumbre del G20 en Indonesia. Según los cálculos
del ministro, la guerra le costó a Argentina u$s5.000 millones, de los
cuales u$s3.800 se explican por el encarecimiento del gas que el país importó
durante el año pasado.
La realidad es que,
este año, Massa espera que la cuenta de importación de energía se
reduzca en al menos u$s2.500 millones, lo cual reduciría a menos de la
mitad el déficit comercial de ese rubro, que el año pasado cerró en u$s4.470
millones. Para eso, claro, tiene que completarse en tiempo y forma el tramo en
construcción del gasoducto Kirchner.
En todo
caso, ese ahorro quedará neutralizado y superado por el dato de los
dólares de menos que podría dejar la exportación agrícola. En definitiva, la
perspectiva de los economistas es que las reservas del Banco Central seguirán
tan castigadas como el año pasado, o tal vez más.
La contracara de esa situación es la intensificación
del "apriete" importador, un dato que el propio viceministro
Rubinstein no sólo no negó sino que mencionó como parte del manejo
"creativo" de la gestión económica.
"Ya que nos
vemos obligados a controlar importaciones (por no poder unificar mercados), nos
propusimos hacerlo realmente bien. Con un doble objetivo: minimizar salida de
dólares, minimizando afectación de la producción", escribió el
viceministro en su comentada columna periodística. Y celebró que las
importaciones, que en junio-julio promediaban u$s6.300 millones mensuales -sin
contar la compra de energía- se redujeron un 22% hacia fin de año.
Una estrategia que no es gratis, claro está: los
industriales, que han visto crecer el nivel de capacidad ociosa en las
fábricas hasta el preocupante registro de 36,2%, siguen advirtiendo sobre un inexorable freno a la producción.
Es en ese marco de
pesimismo que se han reflotado iniciativas que parecían descartadas, como por
ejemplo una eventual tercera edición del "dólar
soja". Implicaría una medida de emergencia para ayudar a engrosar las
reservas, en caso de que el FMI se muestre más duro de lo esperado.
Sin embargo, nadie
ignora un efecto de "rendimiento decreciente": se estima que hoy
sólo restan en los silobolsas unas cinco millones de toneladas, la cuarta parte
de lo que había cuando se aplicó este estímulo a los productores sojeros por
primera vez, en septiembre, cuando se logró el ingreso de u$s8.000 millones. |