Por Fernando
Gutiérrez - Sergio Massa viene de un reciente momento de alivio: pudo
cumplir las metas de déficit fiscal y de reservas comprometidas con el FMI, el
año arrancó sin las temidas turbulencias cambiarias y la inflación se
estaciona en el escalón del 5% mensual, en línea con su meta de bajar a razón de un punto por bimestre.
Sin embargo, la
alegría podría durar poco tiempo. Al menos, eso es lo que advierten los
economistas, que recuerdan que a veces, para cumplir con algunas de estas
metas, hay que incumplir otras.
Lo más difícil de
cumplir en forma simultánea es la mejora en el plano fiscal y la baja de la
inflación. Y el motivo es bien conocido por quienes han estudiado las crisis de
la historia argentina reciente: es la inflación la que suele funcionar
como herramienta para "licuar" el gasto público y, de esa
manera, equilibrar las cuentas fiscales.
O, dicho en otras
palabras, con una inflación alta, se garantiza un alto nivel de recaudación
tributaria, porque los principales rubros de ingreso a la caja de la AFIP
-como el IVA y Ganancias- crecen en la medida en que evolucionan los
precios, mientras que los gastos del Estado se indexan más lentamente.
En cambio, una
caída rápida de la inflación provoca el efecto inverso: la recaudación decrece
en términos reales mientras el gasto continúa con su inercia
indexatoria. Aunque Massa nunca lo reconocerá en público, lo que permitió
que en el segundo semestre de 2022 el gasto tuviera una caída
de 6% interanual fue la pérdida real de poder adquisitivo de las jubilaciones y
los salarios de empleados estatales.
"Casi la mitad
de la reducción del gasto primario se explica por una caída en las prestaciones
sociales. Como las jubilaciones y la asistencia social se indexan en base a
incrementos nominales ocurridos en el pasado, cuando se acelera la inflación
pierden en términos reales, pero eso se compensa cuando el aumento de precios
pierde intensidad", señala Daniel Artana, economista jefe de la
fundación FIEL.
En la misma línea,
advirtió el problema Jorge Vasconcelos, economista jefe de la Fundación
Mediterránea: "Si la variación del IPC perforara el piso del 5 % por
varios meses consecutivos, el cuadro fiscal se resquebrajaría, por la inercia
indexatoria del gasto público, con una recaudación más asociada a la inflación
del momento".
De hecho, hay
analistas que advierten que ya con la moderación observada en el último
bimestre -con un IPC de 4,9% en noviembre y de 5,1% en diciembre-, empezó
lentamente a notarse un deterioro en el plano fiscal.
¿Un país con "efecto Tanzi" al revés?
A primera vista, la
situación puede parecer extraña, porque contradice uno de los principios más
estudiados en las últimas décadas por los economistas: el llamado
"efecto Tanzi".
En los
inflacionarios años ’70 ya los economistas habían observado cómo en momentos de
inflación muy elevada, la recaudación tributaria real tendía a bajar.
Argentina, con la experiencia de grandes shocks como el
"Rodrigazo" de 1975, había tenido aportes teóricos de economistas
como Julio Olivera. Y finalmente se estableció la descripción del vínculo
entre ambas variables cuando Vito Tanzi, economista del FMI, argumentó que en
momentos de inflación alta se produce una pérdida de ingreso fiscal por el
"delay" entre el momento de la transacción imponible y el
momento en el que, efectivamente, se cobra el impuesto.
El estudio de ese
"efecto Tanzi" llevó a los gobiernos a tener un aliciente
adicional para la baja de la inflación, porque cuando los precios empiezan a
subir más lentamente, el deterioro de la recaudación tributaria disminuye,
mejorando así la ecuación fiscal.
Sin embargo, hay ciertas ocasiones en las que se
produce un "efecto Tanzi al revés": al bajar la inflación, no
sólo no se produce la mejora fiscal sino que hay riesgo de empeorarla. Y
eso ocurre por la acción de un factor
distorsivo: la indexación en rubros del gasto público. De manera que
aunque los precios -y la recaudación de impuestos- vayan frenando en términos
nominales, otros rubros son inelásticos a la baja y así su peso porcentual en
comparación a la recaudación empieza a aumentar.
No es un efecto que
resulte extraño a los economistas argentinos, desde ya. El ex ministro
Martín Guzmán tenía el tema muy presente, y de hecho esa fue su principal
motivación para la reforma jubilatoria en 2020, que establecía una fórmula
indexatoria "pro-cíclica". Es decir, las jubilaciones caían en
términos reales cuando la economía se enfriaba y la recaudación impositiva
disminuía.
También se preocupó
de que las paritarias de los principales gremios se mantuvieran en
línea con la proyección original de inflación, algo que ocurrió en el inicio de
2021 y de 2022 -aun cuando las previsiones de los economistas privados era que
la meta oficial sería incumplible.
Una situación
análoga está ocurriendo en este arranque de 2023, con Sergio Massa pugnando por un
"techo" salarial de 60% -es decir, en línea con la meta inflacionaria contenida en la ley
de presupuesto-. Y, naturalmente, una preocupación primordial del
ministro es que no se produzcan "desbordes" en las paritarias de los
empleados estatales. El efecto sumado de los salarios públicos y las
jubilaciones y pensiones es de más del 60% del gasto público total.
Esto explica el
celo por poner un tope a los ajustes salariales: es la forma de atenuar el
efecto de la indexación del gasto público que contribuye al "efecto Tanzi
al revés".
Deterioro fiscal y lupa sobre las paritarias
Lo cierto es que los
números fiscales ya están dando señales de preocupación. Después de una larga
racha de suba real, impulsada por el rebote post Covid -y además con
"anabólicos" de corto plazo como los aportes extraordinarios de las
retenciones de exportación agrícola por el esquema del "dólar soja"-
ya aparecen cifras que marcan un quiebre de tendencia.
Por caso, en
diciembre -coincidiendo con una caída del IPC, que se ubicó en 5,1%-, el
Gobierno celebró una suba interanual de 95,6% en la recaudación tributaria. Sin
embargo, cuando se depura el "efecto soja", los números cambian
radicalmente: la recaudación pasa a ser de 90,5%, lo que implica que, en
términos reales, ya hay una mejora en el ingreso fiscal
sino una caída de 2,3%.
Por otra parte, hay
otros rubros de la recaudación impositiva, directamente vinculados a la
actividad industrial y comercial, que están mostrando una variación negativa.
El caso más claro es el de los aranceles de importación.
Como reflejo de las restricciones en que se ha impuesto como
consecuencia de la escasez de divisas, el ingreso por derechos de importación
tuvo una caída real de 20% en diciembre. Y el IVA que
se recauda en la Aduana -vinculado a operaciones de comercio exterior- se
desplomó un 23,6%.
Y, por otra parte,
hay otros rubros que impactaron positivamente en la recaudación sobre fin de
año, pero cuyo efecto es pasajero, como el impuesto a las Ganancias, que tuvo
un inusual crecimiento interanual de 116% como consecuencia de la tercera cuota
del pago a cuenta extraordinario realizado por las sociedades. Este impuesto
explicó en diciembre un 24,4% del ingreso tributario total, pero su peso podría
disminuir en los próximos meses.
Disyuntiva de hierro para Massa
Las propias
estimaciones oficiales reflejadas en la ley de presupuesto apuntan a una
recaudación tributaria de $35 billones para el 2023. Esto supondría un
leve incremento en términos reales, siempre y cuando se cumpliera también la
proyección oficial de inflación.
Y en base a esa
estimación, se espera llegar a un déficit fiscal de 1,9% pautado en
el acuerdo "stand by" con el FMI. Si bien no se trata de una meta particularmente
exigente y mantiene el criterio de gradualismo, los economistas se reservan sus
dudas respecto de su consecución.
En el arranque del año, la disminución del déficit estaría
asegurada por la alta base de comparación con el año pasado. Pero hay también
factores que jugarán en contra, como el menor aporte
del campo, afectado por la sequía y con una disminución de su capacidad
exportadora que podría llegar al 20%.
Por otra parte,
rubros que en los "años pares" pueden ser ralentizados, como las transferencias
a la provincia o la obra pública, tenderán a acelerarse bajo la lógica de los
años electorales.
Es en esa situación que muchos economistas creen
que Massa se verá en una disyuntiva que lo obligará a elegir
entre bajar la inflación o mantener el crecimiento de la economía
y el equilibrio fiscal.
Vasconcelos, de la
Mediterránea, advierte que si se decidiera sacrificar la caída de la inflación,
con el objetivo de mantener elevada la recaudación impositiva y poder así
financiar el gasto público, entonces aparece otro peligro: "un
deterioro del sector externo, por la persistente pérdida de
competitividad".
En ese tema, la
lupa se posa sobre el resultado de la cuenta corriente, que pasó de
un superávit de 1,4% del PBI en 2021, a un déficit de 0,9% en
2022. Una situación preocupante en un momento en el que el país no tiene acceso
al crédito externo y, además, tendrá una salida neta de dólares para pagarle al
FMI.
A diferencia de lo
que ocurrió en el primer año de vigencia del acuerdo "stand by", en el
que el país recibió más de lo que le pagó al organismo, en 2023 se dará vuelta
la ecuación. Puesto en números, Argentina tuvo un financiamiento externo neto
de 1,1% del PBI el año pasado, pero a partir de ahora, con un exigente
calendario de pagos, tendrá que afrontar una salida de divisas por 0,3 puntos
del PBI. |